¿A qué huelen las nubes?

1655089_10153733357990461_1290346572_oNo erraré mucho si digo que todas las mujeres hemos pensado alguna vez por qué no somos hombres. Sobre todo en ese momento en el que sientes dolor abdominal y esos otros indicativos mensuales de que estás menstruando o estás a punto de hacerlo. Yo también lo he pensado varias veces. Por qué tengo que sufrir los dolores, molestias y decaimiento de esos días, que me impiden trabajar al 100%, prestar atención a lo que hago; y además estoy especialmente sensible, irascible y un tanto torpe.

Es obvio, a nadie le gusta estar en una situación que no le resulta agradable, que no disfruta ni vive como un momento propio y personal. Yo no sé hasta qué punto todas esas teorías en las que se manifiesta que en culturas ancestrales nuestras antepasadas disfrutaban de su menstruación y de ser mujeres son ciertas. Yo no estaba allí, y tampoco soy antropóloga o socióloga, ni nada similar, así que cualquier opinión mía al respecto carece de validez. Lo que sí soy capaz de observar es mi realidad, y experimento una situación en la que a la mujer se le prohíbe menstruar.

“Siéntete limpia y segura” auguran empresas que confeccionan las tediosas compresas y tampones. Y agradezco eternamente al ente que un día me recomendó usar la copa menstrual, y a mí por hacerle caso. Estos elementos te prometen dejar de oler y además ser discretos con ese “problemilla” que tienes todos los meses. Gracias. Gracias por permitirme esconder mi realidad. Y es que está feo. Esta feo decir que tengo la regla, está feo que los demás puedan oler mi perfume corporal, está feo simplemente tenerla. ¿Por qué hasta entre nosotras parece que tenemos cierto pudor de hablar de algo que nos hace iguales y que además parece ser que nos hace más cercanas cuando se regulan los ciclos de aquellas mujeres que están en contacto contínuo?

Evidentemente, parece que hay alguien a quién le parece molesto. Y me atrevería a eharle la culpa a los hombres, pero en realidad somos nosotras mismas quienes nos ponemos las barreras. Somo nosotras mismas las que ejercemos una forma de violencia sobre nuestros propios cuerpos en la medida en que escondemos nuestra naturaleza. Y lo hacemos de muchas formas, es una violencia tanto física como psicológica. Y lo peor de todo, esta violencia se convierte en norma y es aceptada por todas, silenciada y totalmente invisible a los demás. No queremos volar, preferimos negarnos la posibilidad de ser nosotras mismas, de disfrutar de nuestros cuerpos y de conocerlos mejor. Puede que si no fuera algo quasi tabú descrubriríamos formas de hacer esas venidas cíclicas mucho más placenteras y nada dolorosas.

Por fortuna, a mí hace tiempo que sólo me acusa el dolor de vez en cuando, con lo que intento conectar en esos días conmigo misma, con mi cuerpo y con la limpieza que en él se está gestando. ¡Ya les gustaría a ellos poder limpiar su cuerpo y sacar fuera aquello que les molesta del día a día! Pero no, es que estamos locas y que en esos días no se nos puede escuchar. ¡Y lo peor es que nosotras nos lo creemos! Pues de eso nada, yo cada día estoy más orgullosa de esos días, esos días en los que me entristezco y dejo que afloren todos esos sentimientos que de normal intento esconder en algún lugar, la sensación de estar perdida, la sensación de sentirme un tanto sola, la sensación de creer que no puedo, la tristeza. No, no son los sentimientos más cálidos del mundo, pero yo los disfruto porque son míos, forman parte de mí, son mi ser; yo los dejo volar porque son aquello que no quiero ver y me ha sido puesto encima de la mesa para que lo vea bien, para que lo digiera y pueda actuar en consecuencia, para que cada es sea una mujer más fuerte y más entera.

Gracias, como siempre a Míriam Cuenca por la foto, que me deja volar!!!!!

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